María contra la corriente

Tenía dieciocho años la primera vez que no pude levantarme de la cama. No era cansancio físico. Era un peso distinto, opaco, y un vacío que nada podía llenar, como si mi cuerpo por fin me estuviera cobrando todo lo que le había exigido sin preguntarle. Me había pasado la vida nadando contra la corriente, contra el ruido en mi cabeza, contra mis propios anclajes, convencida de que parar era fracasar. Ahí, acostada, entendí algo que lo cambiaría todo: muchas de las metas que perseguía no eran mías. Me las había impuesto una cultura obsesionada con el rendimiento, con ideales imposibles, con estándares diseñados para agotarnos y alejarnos de nosotras mismas.

Pero para entender cómo llegué ahí, tengo que volver al agua. A los seis años, parada en el banco de salida, los dedos aferrados al borde, el corazón latiendo más fuerte que el silbato, y solo una cosa en la cabeza: no la vayas a regar. No saltes antes. No te descalifiquen. Esa niña todavía no sabía que estaba aprendiendo más que a nadar. Estaba aprendiendo que su valor se medía en segundos, en medallas, en la cara orgullosa de mi papá cuando tocaba primero la pared. Ganar se volvió mi lenguaje. Mi manera de existir, de pertenecer. Mis días se deshacían en entrenamiento, con el cuerpo cansado, el cabello siempre húmedo y el olor a cloro pegado a la piel. Aprendí que todo tenía que ser perfecto, que tenía que cumplir, no fallar, no decepcionar. Ser la mejor no era una meta: era identidad, refugio, base.

Pero después de ganar… ¿qué venía después? Nada que se pareciera a lo que vivía en la alberca. Fuera del agua, el mundo era más difícil de atravesar a nado. No encajaba, no tenía dónde dejar todo lo que cargaba, no sabía cómo estar con otras chicas que parecían vivir en otro mundo. Y debajo de todo eso, una exigencia silenciosa: pertenecer, ser suficiente, tener un cuerpo que ocupara menos espacio que el que ya tenía. Entrenaba durante horas y aun así me miraba al espejo como si faltara algo. Años después entendería que esa batalla tenía nombre, y que la había confundido con disciplina. Fue ahí, demasiado pronto, donde aprendí mi primera gran lección: a veces, para seguir siendo tú, tienes que soltar algo.

Pero soltar la natación no significó soltar la presión. Esa me siguió, en silencio, hasta que llegué a la universidad. Y ahí, todo se rompió. Venía de años de empujarme sin pausa, de nadar contra el ruido, de creer que si aflojaba el agarre todo se vendría abajo. Y entonces me encontré en un lugar nuevo, con gente nueva, y una soledad que no sabía nombrar. Estaba rodeada y me sentía desconectada de todo, incluso de mí. El agotamiento no llegó de golpe; se fue acumulando por capas hasta que un día despertar dejó de importar. Hubo noches en las que pensé que la única forma de descansar era no seguir adelante. Ese es un lugar en el que no le desearía a nadie estar. Salir no fue rápido, ni limpio, ni heroico. Tuve ayuda. Tuve gente que se quedó. Y aun así, el regreso a mí, esa parte, tuve que empezarla sola.

Y en ese regreso a mí, entendí algo que me tomó años poner en palabras: el problema nunca fueron los logros. Eran míos, eran reales, me habían formado. El problema era confundirlos con mi valor. Lo que necesitaba no era dejar de nadar contra la corriente. Era aprender a hacerlo sin ahogarme.

Eso es lo que Imperfect significa para mí: un recordatorio. No de abandonar la disciplina, sino de vivirla de una forma más humana. Una compañera que entiende que quiero correr mi primer 10K, volver a nadar y salir oliendo a cloro, y que al mismo tiempo sabe que hay otras partes de mí igual de importantes: mi familia, mi pareja Israel, mis amigos y mi yo, María, la que no existe para rendir, sino para vivir.

Porque no vinimos a esta vida a perseguir estándares que alguien más inventó para nosotras. Vinimos a estar completas. A conectar con personas reales. A construir comunidades que se sostienen, se respetan, se aman. A entender que la imperfección no es un defecto que haya que arreglar. Es un lugar desde donde vivir, con más verdad.

Eso es Imperfect. Una forma de vivir la disciplina sin perdernos en el camino. Una manera de crecer que no nos cuesta quiénes somos.

Si esto te hace sentido, vamos a construirlo juntas.

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María contra la corriente - Imperfect